Aquella tarde, principios de la primavera del 2005, año arriba año abajo, mi primo David estaba de visita en Gijón. Nunca antes le había retratado, era la última hora de la tarde por lo que la luz era perfecta, así que salimos a la calle con la cámara que su padre me había prestado.
Me ancanta esta cámara. El fondo parece movido en ved de desenfocado y en las esquinas las líneas rectas parecen incluso curvadas. Pero la nitidez en el centro es asombrosa y la imagen posee un efecto dinámico y tridimensional que solo se puede conseguir con las lentes antiguas. Podría decirse que son propiedades que la tecnología actual ha pulido. Imperfecciones borradas.
Un rato despues llegó mi abuelo. Venía a buscar a David para llevarle al pueblo. Mi abuelo fue quien me introdujo en el mundo de la fotografía. El fue fotógrafo alla por los años catapún. Usaba cámaras similares a esta.
Se dispara con la cámara a la altura de la cintura, observando la imágen desde arriba. Obtienes una perspectiva similar al a mirada de un niño. Viendo el mundo como un recuerdo de infancia aunque esté pasando ahora mismo.
Si me enseñas un retrato hecho con una cámara digital de última generación, podría decirte incluso la marca de la cámara o el programa de retoque usado según el tipo de imagen resultante. Pero si me enseñas algo así no podría decirte si la imagen es de los años 60 o del siglo que viene.
La suma de las pequeñas imperfecciones de la artesanía hacen de las fotografías obras únicas. Humanas, cálidas. Algo que los microchips y los ordenadores nunca podrán conseguir.

